Archivo para la categoría "Cuentos"
Epílogo
Hace mil años y los lienzos del tiempo se superponen en la película de mi memoria. Son como gasas curativas, de las que se colocan en las heridas y las refrescan e higienizan. Son sábanas blancas colgadas frente a esa proyección de cine que es mi vida durante aquellos días. Lienzos, gasas, sábanas que permiten dulcificar el dolor, avivar los tonos e iluminar los recuerdos. Tal como los veo, los años que pasé con Juliana en aquel quinto sin ascensor junto al abandonado cine Paz se presentan ahora como un cuadro a medio restaurar, un óleo que empieza a recuperar su verdadera vitalidad, aquella que quedó distorsionada en el pasado bajo una capa indefinible y no deseada. Leer el resto de esta entrada »
Cuernos
Entonces me di cuenta de que se me había mojado el reloj, el agua bien caliente y jabonosa, el agua como una sopa de burbujas porque la Vieja tiene el frío del tiempo metido entre los huesos, y yo con la esponja en la mano, y la mano en el agua, y el reloj en la muñeca, y la esfera toda empañada y sudando humedad. Ya está, pensé, me lo cargué. Me desprendí del reloj y quedó sobre una toalla azul como el baño color azul mar. Marcaba las seis y seis minutos antes de que se empapara su maquinaria. Leer el resto de esta entrada »
Ópera
Si no se hubiera esfumado de esta manera ahora estaríamos él y yo comprobando la recaudación del domingo. Es el día que más público tenía, niños y mayores dispuestos a estallar en carcajadas al primer tropezón. Rolf saltaba a la pista, es decir, al empedrado de la plaza Real, con sus zapatos de clown y sus pantalones rojos con lunares blancos tres tallas más grandes, que permitían que el traspié pareciera auténtico. Leer el resto de esta entrada »
Dibujos
Concepción Jerónima cuelga cuesta abajo desde la plaza de Benavente hacia la Cava Baja. Cada vez que he vuelto a pasar por allí, me lo he imaginado sentado tras un ventanal del restaurante de enfrente de su casa, enrollado en una larga bufanda. O quizás es que no me lo imaginé y alguna vez lo vi realmente en ese lugar.
Caution
Ayer empecé a trabajar. Es un curro como cualquier otro, no se me caen los anillos por tener que dedicarme a esto. Félix es un jefe simpatico, o eso me ha parecido en los dos días que llevo ahí. Esta vez he llegado puntual y no me ha lanzado una sonrisa condescendiente, de perdonavidas, como hizo ayer. El primer día fue un desastre, además de llegar siete minutos tarde se me cayó una botella de Carlos I y armé un gran estropicio en mi barra. No es difícil dejar relucientes las cámaras de aluminio a pesar de toda esa sustancia pegajosa. Tengo que planchar mi camisa blanca. Si no hubiera ocurrido lo que ha ocurrido, esta noche debería preparar los papeles del visado en lugar del uniforme de trabajo.
Jacque II
Jacque reapareció, mucho después, en el camino de Mario. A los 20 años, se unió a la fiesta con su amiga Alicia y coincidieron en pubs, calles del ritmo y marchas nocturnas. Coincidía con los años de la movida y su eclosión en Elche, al menos en el plano juerguístico, era la misma que en otros puntos de España.
Jacqueline
He anunciado que hablaría de los errores que ya había empezado a cometer Mario pero, en cambio, me he lanzado a hablar de aciertos, porque los desaciertos en el terreno amoroso (pocos a esa edad, también es cierto; aunque el chaval corría pocos riesgos debido a una timidez de libro) he evitado narrarlos.
Relato
El protagonista de este relato es Mario, un joven de 26 años.
Mario, por qué no. Y 26 años porque es necesario que sea alguien que pueda mirar atrás con nostalgia, que tenga años y probabilidades de haber sufrido, capacidad de llanto o agobio o arrepentimiento o frustración. Y a esa edad normalmente ya se ha vivido lo esencial y ya se han dibujado en la piel las líneas básicas por las que viajará la pelota, si me permiten el término futbolístico. Existe la posibilidad de cometer errores, es a partir de entonces cuando se cometen los más gordos, y también de enmendar alguna frivolidad juvenil. Y ya nadie vigila, se acabaron los años de estudios en los que estás sometido a reglas, fechas y pruebas, con varios filtros en tu radio de acción. Eres libre de meter la pata, en definitiva.
Loli III (y fin)
3. La vida sin Loli.
Valdepeñas, el apellido de La Niña Viajera, había unos pocos en el listín telefónico. En esos días libres, llamé a todos. Dejé mensajes en contestadores, incluso ordené una caja de vino tinto a la delegación argentina de la empresa española del mismo nombre. Pero ninguno correspondía con el número de La Niña Viajera. Me cansé de indagar sin resultado y decidí esperar a que ella misma diera noticias.
Loli II
2. Yo y mis circunstancias. Loli, La Niña Viajera, desapareció y yo volví a mi pin pan pun. Sólo que, en vez de ponerme a vender marisco, reanudé mi oficio de vendedor de ordenadores. Esta vez por libre, que tiene la ventaja de que el traje es opcional. También empecé a salir con Lucía, una chica bastante adecuada a mi situación en ese momento. Cosa que hice gracias a Loli. Tal vez la niña misteriosa del parque me hizo entender que no debía sumirme en el aburrimiento, que debía intentar divertirme un poco. Con Lucía me iba bien aunque, como es lógico, mi vida no estaba llena del todo. Más bien estaba todavía medio vacía.